«La montaña sagrada. Una pintoresca peregrinación tibetana» por Frank Kingdon-Ward (1911)

 

(Traducción por Santiago Lazcano)


Este artículo apareció en el nº de 1911 de The Wider World Magazine:

Kingdon Ward, F. "The sacred mountain: A picturesque Tibetan pilgrimage". The Wider World Magazine, (1911), 251–8.

 

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La montaña sagrada*. Una pintoresca peregrinación tibetana

por el teniente F. Kingdon Ward, E.R.G.S.** 

 

En los confines más remotos del Tíbet oriental se alza un hermoso pico nevado: la Montaña Sagrada de los tibetanos. Cada año, miles de peregrinos, que viajan a pie desde lugares lejanos y cercanos, realizan el arduo circuito alrededor de esta montaña, obteniendo así —según creen— gran mérito religioso y asegurándose otro año de vida feliz. El autor realizó el circuito de la Montaña Sagrada y acompaña su descripción con algunas fotografías de gran interés. 

 

En la árida y polvorienta Mandalay, en las inmediaciones de la encantadora pagoda de Arracan1, es posible encontrarse en cualquier época navideña —durante esas escasas tres semanas que en Birmania llaman jocosamente «la estación fría»— con ciertos tratantes de caballos cuya rudeza contrasta marcadamente con su entorno.

Son hombres altos, de tez cobriza y monstruosamente sucios, que desprecian el agua incluso en estas tierras templadas, luciendo mechones grasientos y desgreñados recogidos en una coleta corta. Su vestimenta es de estilo pastoril: una túnica holgada de tela basta, de cuello bajo y mangas anchas, que llega hasta el suelo pero que durante el día recogen por encima de las rodillas con un ceñidor del que cuelgan el eslabón y el pedernal, y acaso una espada corta cruzada; calzan botas de tela sin forma y mal ajustadas que les llegan hasta la pantorrilla; y para coronarlo todo, ¡quizás un sombrero Homburg abollado, adquirido con deleite infantil en alguna subasta local!

¡Qué contraste ofrecen estos tipos andrajosos con el hombre birmano, de vestimenta primorosa, limpio y galante, y con su radiante esposa adornada de flores!

Pero háblales en chino —o mejor aún, en su propia lengua, si eres capaz de dominar su complejidad— y descubrirás que son la gente más encantadora y sencilla. Te recibirán con sonrisas de bienvenida que revelan hileras de dientes blancos como la leche, extendiendo las manos, según su costumbre, para demostrar que no empuñan arma traicionera alguna. Sin duda te invitarán a compartir su frugal comida, pues son un pueblo generoso y hospitalario; y cuando sus lenguas se hayan desatado con un poco de ese alcohol peligrosamente fuerte que los chinos llaman hsiao-chin («vino ardiente»), te abrirán sus corazones. Te hablarán de las grandes mesetas de hierba verde, de los lagos azules, de los amplios espacios venteados y de las montañas nevadas, tan distintos de las monótonas selvas birmanas. Su charla te hará anhelar alejarte del polvo de Mandalay, del aroma de las junglas perennes y de la paz tranquila de la ensoñadora Birmania, para adentrarte en las soledades libres del más allá, donde el silencio solo se ve roto por los ríos bravíos que se abren paso entre las montañas, por los vientos aulladores y por el trueno de las avalanchas. Así, con la cabeza hecha un torbellino, te despides de tus anfitriones, que parten hacia sus hogares a la mañana siguiente; y al despedirse, ¡te dedican el amistoso cumplido caminante de su país sacándote la lengua! El secreto queda revelado con ese gesto, ¡y ahora todos saben que nuestros toscos tratantes de caballos no pueden ser sino tibetanos!

Un grupo de peregrinos en el valle del Mekong

 

Llegó el momento en que partí para ver a estas gentes en su propio país y realizar el circuito de su Montaña Sagrada; aunque no adquirí mérito alguno con ello, pues la rodeé en el sentido equivocado, manteniendo la montaña siempre a mi izquierda en lugar de a mi derecha. Fui, en primera instancia, para recolectar plantas —especies alpinas de las altas cordilleras tibetanas— y me convertí en peregrino por mera curiosidad.

Hay un largo trecho hasta la Montaña Sagrada del Tíbet oriental: cuarenta largas jornadas a través de la región más montañosa del mundo, Yunnan («La tierra de la nube del sur»), desde el último puesto avanzado británico a orillas del Irrawaddy.

Aquí en Bhamo, o «Mercado Nuevo», como llaman los chinos —con poca propiedad— a nuestra aldea shan-birmana (con su puñado de ingleses, su regimiento nativo, su bazar, sus pagodas y sus pantanos), alquilamos mulas y emprendemos la marcha por el camino blanco y polvoriento que conduce a China.

Atravesando sombríos bosques de teca, pasando junto a aldeas de chozas techadas con paja donde los shan, tocados con anchos sombreros planos de palma tejida, espolean a perezosos búfalos al arado, alcanzamos el borde de la llanura y, entrando en la selva, comenzamos a ascender. Mientras estemos en territorio británico el camino es aceptable; de hecho, uno podría recorrerlo en motocicleta... preferiblemente en la de otro.

Pronto nos hallamos en lo alto de las colinas, atravesando un magnífico desfiladero, con los oídos llenos del encanto del río que fluye abajo. ¡Escuchad! Las notas de plata de un gong resuenan en el bosque. ¡Atención a las mulas! El camino es estrecho y una caravana se aproxima.

Al cuarto día cruzamos la frontera y, dejando atrás las junglas birmanas, emergemos a los valles abiertos y cultivados de China.

Ahora experimentamos por primera vez lo que son las «posadas para mulas» de China. Los animales quedan atados en el patio, al cual asoman habitaciones desnudas: oscuras, sucias y malolientes. El mobiliario consiste en una sólida mesa cuadrada, una silla dura sin brazos y un mugriento armazón de cama de madera, con tablas a modo de somier y un jergón de paja por colchón. Ante tal panorama, opto por instalar mi propio catre de campaña.

A medida que avanzamos hacia el este, las montañas ganan altura y el paisaje se vuelve más salvaje. El cultivo se limita a unas pocas llanuras aisladas, todas ellas a más de cinco mil pies2 sobre el nivel del mar. Cruzamos los grandes ríos tibetanos, el Salween3 y el Mekong4, por puentes colgantes de cadenas de hierro suspendidas de robustas torres de mampostería. A pesar de tener varios siglos de antigüedad, son bastante resistentes, aunque solo se aventuran a cruzarlos dos mulas a la vez, pues se balancean pesadamente con viento fuerte.

Hay mucho que ver ahora a la vera del camino. Es día de mercado en una aldea y, sobre el estrado de un pabellón abierto de colores vistosos, en el patio del pequeño templo budista blanco, una compañía de actores magníficamente ataviados representa una de esas obras interminables (con varias moralejas, pero sin trama alguna) que tanto apasionan al oriental. Dado que en China no se permite actuar a las mujeres, sus papeles son interpretados por hombres con voces de un falsete estridente.

Cerca de allí, la multitud compra y vende ruidosamente, concierta matrimonios, traza horóscopos, discute sobre cosechas y precios, predice el futuro, apuesta y riñe.

Mulas cruzando el puente colgante del Mekong 

 

Aquí y allá, en las empinadas y pedregosas sendas que hacen las veces de caminos en la China montañosa, se encuentran puestos callejeros donde los arrieros sedientos se sientan a sorber cuencos de té claro. Por menos de un penique —digamos veinte o treinta monedas de latón, la moneda de la China rural— se pueden tomar tantas tazas de té (¡sin leche ni azúcar!) como uno sea capaz de beber. Siempre se llevan algunos cordeles de monedas de latón para pagar en las posadas; mil monedas ensartadas (cada una con un agujero cuadrado en el centro) forman un cordel que, en dinero inglés, vale quizá media corona y pesa varios kilos.

Al final de la vigesimoprimera jornada de marcha, alcanzamos una encantadora ciudad con un lago de un azul profundo a un lado y montañas imponentes, espolvoreadas de nieve, al otro5. A nuestro alrededor se extienden campos ondulantes de habas, lino y legumbres, con la hermosa amapola del opio en los rincones más apartados. Es una gran sorpresa, tras cruzar las montañas, toparse con esta llanura situada a seis mil piesde altitud. Si coincide con la gran feria trienal, se encontrará aquí con hombres venidos de media Asia; es el momento de comprar curiosidades. Adquirir cualquier cosa en China es un proceso largo, y la siguiente conversación surge a propósito de unos pendientes que han cautivado mi interés.

Desde luego, uno no cometería la torpeza de pagar sin rechistar el precio solicitado; eso decepcionaría terriblemente al vendedor por no haber pedido más.

—¿Cuánto pides por estos pendientes?

—¿Estos, ta-jeu7? Cinco taeles8 de plata.

—Es demasiado; te daré dos taeles.

—El ta-jeu es un gran oficial, por lo tanto es rico.

—Solo los oficiales chinos son ricos. Yunnan es un país hermoso, pero hay muchos hombres malos. ¿De dónde vienes tú?

—De Likiang9. ¿Cuánto dará el ta-jeu por los pendientes?

—He estado en Likiang durante la gran feria, en el Templo del Dragón de Agua. ¿Vendes ese brazalete?

—¿Este? No, no quiero venderlo.

—Es un brazalete de poco valor, ¡pero te daré dos taeles por él!

—¿Cuánto por los pendientes, ta-jeu?

—No los quiero; son unos pendientes de poca monta.

—Sí, cada día que pasa aprieta más el calor ahora... bien, ¡llévatelos por tres taeles, ta-jeu!

—¿Qué, por el brazalete? ¡No lo quiero! ¡Ni siquiera podría ponérmelo!

—¿Y los pendientes, ta-jeu?

—¡Oh! ¡Dos taeles! ¡Te los daré, pero no los valen!

—Está bien, dos taeles y medio. ¡Llévatelos!

Siguiendo viaje, ahora hacia el norte, llegamos en pocos días a la última ciudad china10 antes de entrar en los verdes pastos del país tibetano.

Grupo de tibetanos

 

En las estrechas calles empedradas, la multitud nos contempla fijamente hasta que, al grito de Sunko-lai-le (¡vienen las mulas!), nuestra caravana se abre paso entre el tintineo de los cascabeles y los gritos de los arrieros profiriendo extraños juramentos. Observamos que las mujeres aquí, aunque visten como las chinas, ya no se deforman los pies y tienen, de hecho, un aspecto bastante diferente. Son moso11, una extraña tribu que antaño fue una potencia en estas tierras y cuya principal singularidad es el hecho de poseer una escritura pictográfica similar a los jeroglíficos egipcios.

Al dejar la última ciudad de China, ascendemos hasta la verde meseta de pastizales —verde en verano, claro está, pero blanca y helada en invierno—. Ya no hay más puentes colgantes; y para cruzar el Yangtsé12, llamado aquí el «Río de las Arenas de Oro», solo encontramos una gran y tosca barcaza de fondo plano.

Un peregrino cruzando un arroyo

 

¡Cómo odian las mulas saltar el alto flanco de madera de esta embarcación de aspecto tan desgarbado! Con gran dificultad, los arrieros espolean a las últimas para que entren en el ya abarrotado transbordador, donde se las apiña como sardinas. En mitad del cauce, mientras bajamos a toda velocidad arrastrados por la impetuosa corriente, las mulas se inquietan; una de ellas, de un salto, apoya las patas delanteras sobre la borda, como si tuviera intención de suicidarse. La barcaza da un bandazo y yo contengo el aliento —y la lengua—, pues nuestros barqueros son hábiles y experimentados. A base de vara se convence a la mula obstinada de que retroceda y, pese a los sustos, desembarcamos a salvo. Al cruzar, la corriente nos ha arrastrado casi cuatrocientos metros río abajo.

Allá arriba, en la meseta, manadas de yaks de pelo hirsuto, irritados por nuestra intrusión, levantan la cabeza de forma amenazadora y nos miran fijamente con sus ojos inyectados en sangre. Enormes perros de pelambre enmarañada, casi tan grandes como los propios yaks, custodian las sólidas casas y nos ladran con ferocidad, pugnando por lanzarse a nuestra garganta.

Tras la loma de aquella colina refulgen dos cúpulas de oro, donde una infinitud de techos y muros, pintados con franjas rojas y blancas y horadados por pequeños marcos de ventanas, se alzan en una sucesión interminable. Varios hombres de rasgos toscos, ataviados con túnicas rojas, nos miran con gesto adusto y nada amigable; pues los lamas recelan de los europeos que se aproximan a sus grandes monasterios.

No puedo evitar pensar que todo esto se asemeja tanto a la Inglaterra medieval... Al ver a estos monjes rapaces en sus recónditos monasterios de montaña, me vienen a la memoria la Merrie England, las obras de Shakespeare y la Guerra de las Rosas, como si todo aquello hubiera cobrado vida de nuevo.

Ahora vivimos otra experiencia de las tierras del Tíbet oriental: las gargantas tórridas, áridas y casi yermas de los grandes ríos. Acantilados pardos y desnudos se elevan miles de pies13 sobre nosotros; un viento cálido sopla incesantemente y, tras unos pocos kilómetros de este trayecto, agradecemos detenernos en una aldea encaramada en lo alto del río para beber leche agria de yak con los amables tibetanos en su amplia y oscura cocina.

Tú, lector, debes comprender que llevamos ya cinco semanas de marcha diaria y nos acercamos, lenta pero firmemente, al punto de partida de nuestra peregrinación alrededor de la Montaña Sagrada.

Hoy nos enfrentamos a un pico que yergue su testa a quince mil pies14 sobre el nivel del mar. Durante dos días ascendemos penosamente por el empinado sendero a través de los bosques, hasta que, al tercer día, superamos el límite de la vegetación y el viento de Tíbet nos golpea de frente. A nuestra izquierda se alza una grandiosa cordillera de picos nevados, que parecen estar a un tiro de piedra. Por fin alcanzamos el paso, respirando con dificultad, y al mirar hacia adelante vemos, tras valles boscosos, una pirámide de nieve y hielo de perfiles nítidos que se alza orgullosa sobre todas las montañas circundantes. Es la Montaña Sagrada del Tíbet oriental.

Descendiendo hacia el valle, llegamos a una humilde aldea de casas de tejado plano y muros de barro en la cabecera de una cañada15. Las montañas nos rodean por doquier y grupos de lozanas muchachas tibetanas están en las azoteas entre las gavillas de cebada, cantando al ritmo de los mayales; las montañas devuelven el eco de sus voces y la luz oblicua del sol tiñe sus rostros de un rojo más profundo. A través de esta aldea, cada año, pasan todas las caravanas de peregrinos del Tíbet oriental, manteniendo siempre la Montaña Sagrada a su derecha; hombres, mujeres y niños, sucios, desaliñados, ignorantes y alegres. Comienzan a llegar en octubre y, desde entonces, casi a diario y en largas hileras, el flujo no cesa hasta que los pasos se cierran definitivamente en febrero; pues, en los diez o doce días que dura la marcha circular, han de salvarse cuatro puertos de más de doce mil pies16, dos de los cuales superan los quince mil. Sin embargo, en otoño y principios de invierno, el tiempo muestra su mejor cara: el pico nevado siempre a la vista, las noches vívidas de estrellas y, de día, el cielo turquesa de Tíbet sin una sola nube que lo empañe.

Sentado bajo la flor del rododendro, en lo alto de la ladera, contemplando a través de una profunda hendidura abierta entre las montañas —la Garganta del Mekong— las relucientes pirámides nevadas de enfrente, me invadió un gran anhelo de convertirme también en peregrino. Así que, cuando llegó el otoño y se recogieron las cosechas, preparé mi equipaje, alquilé unos cuantos animales de carga y me puse en camino.

Chica tibetana del valle del Mekong

 

A diario llegaban juglares a nuestra aldea para cantar y bailar; las lluvias habían cesado y los bosques presentaban un aspecto magnífico, engalanados con sus ropajes naranja, rojo y amarillo. Hileras de peregrinos descendían con paso firme por la empinada calle empedrada, con los macutos a la espalda, el báculo en la mano y sus holgados abrigos de piel de oveja ondeando al viento. A excepción de los gorros cónicos con grandes orejeras, vestían de forma muy similar a nuestros tratantes de caballos de Mandalay.

Durante el día, llevan un brazo y un hombro al desnudo fuera del abrigo para refrescarse, y el pesado pliegue frontal les sirve de receptáculo para los objetos más diversos: una espada, un cuenco de madera, un par de aves de corral o una pipa. Parece un grotesco truco de magia ver a estos hombres sumergirse en las profundidades de sus enormes abrigos y extraer de allí tal miscelánea de artículos. Al caer la noche, se desatan el cinturón, sacuden la túnica hasta que llega al suelo y, envolviéndose en ella, cada peregrino duerme en la tierra, al abrigo de una roca o un árbol. Las mujeres cargan con su parte del trabajo, llevando fardos a la espalda como mochilas y un buen caudal de plata, además de pesados pendientes y una caja-amuleto colgada al cuello17 que contiene una imagen o una oración escrita.

Así avanzan los peregrinos día tras día, los hombres haciendo girar en sus manos los pequeños molinillos de oración, en cuyo interior se ocultan rollos de papel cubiertos de plegarias; los niños marchando valientemente, a veces de la mano de sus madres, a veces en brazos; y todos murmurando a su paso: «¡Om mani padme hum!» («¡Oh, joya sagrada en el loto!»). Nuestro grupo, que marchaba en dirección opuesta, se detenía al anochecer donde acampaban los peregrinos, bajo acantilados ennegrecidos por las hogueras de generaciones; y allí, sentados junto al fuego con nuestros amigos —pues todos los peregrinos eran nuestros amigos—, contemplábamos el burbujeo de la gran olla de hierro.

En la olla se habían echado hierbas y una pizca de sal para preparar caldo, mientras el té se batía en un alto cilindro de madera con herrajes de latón, en el que alguien subía y bajaba rítmicamente un émbolo para emulsionar la mantequilla. Los tibetanos, por cierto, preparan su té con mantequilla y sal en lugar de leche y azúcar. Salvo por el hecho de que la mantequilla suele estar plagada de pelos —debido a su peculiar método de elaboración, que consiste en dar puntapiés a un pellejo de yak lleno de leche con el pelo hacia dentro—, el té con mantequilla y sal resulta bastante agradable; aunque para apreciarlo —tal es la fuerza de la asociación de ideas— uno debe considerarlo una sopa en lugar de un té.

Este fluido espumoso de color chocolate se bebe generosamente en cuencos de madera y se amasa con tsamba (harina tostada) hasta formar una pella. Estos son los pilares de la dieta tibetana, y ningún tibetano viaja jamás sin su bolsa de cuero crudo para la tsamba, su caja de madera para la mantequilla, un ladrillo de té y una bolsita de sal roja de grano grueso; estos tres últimos, tal vez, resguardados entre los amplios pliegues de su abrigo.

Tras la cena, llega la música: melodías suaves y cautivadoras como las que aman los tibetanos, mientras las madres arrullan con ternura a sus hijos hasta que se duermen. Después, los hombres peinan el cabello de las mujeres y lo untan con manteca; ellas, a su vez, se ocupan de las trenzas enmarañadas de sus varones. La grasa es la característica suprema de Tíbet, como debe serlo en todos los países de frío extremo. Todo está grasiento: el cabello de los hombres, el cutis de las mujeres y, por encima de todo, sus ropas; pues en invierno no visten más que una sola prenda: un abrigo de piel de oveja, con el pelo hacia adentro, pegado a la piel. Y ¡qué magnífica temperatura mantiene ese vellón de oveja, grasiento y apelmazado!

Poco a poco, los hombres comienzan a cabecear. Una a una, sus cabezas caen sobre el pecho y, apoyados los unos en los otros, con los pies hacia la hoguera y envueltos en sus capas, se sumergen en el sueño en posturas extrañas.

Hacia el amanecer, alguien despierta y reaviva el fuego agonizante; finalmente despunta el día, con las cenizas blancas fijando su mirada en el cielo límpido. Pero pronto los hombres les insuflan nueva vida; brota una chispa roja y el fuego vuelve a arder alegremente. ¡Cuán bienvenido es ahora el té con mantequilla caliente, con veinte grados bajo cero sobre el suelo!

Oraciones sagradas y estatuas de Buda talladas en las rocas del valle de Salween 

 

Y ahora llega el cruce del Mekong. Aquí no hay puentes colgantes de cadenas; en su lugar, el paso se efectúa mediante una soga de bambú que se inclina de orilla a orilla —una para cada sentido— por la que uno se desliza, suspendido e indefenso en un lazo de cuero que cuelga de un pasador de bambú. Tras un empujón, te lanzan desde la plataforma al vacío, atado como un pollo. Un rápido silbido a través del aire, una visión del río rugiendo allá abajo, un olor a quemado, y ya te están desatando en la orilla opuesta, sin haber sufrido daño alguno en la aventura. Los animales y el equipaje se envían del mismo modo, aunque resultan aún más desvalidos; si algo sale mal, quedan suspendidos en mitad del aire hasta que un tibetano, avanzando por la cuerda con pies y manos, acude en su auxilio.

Al cruzar el primer paso elevado, encontramos el alto coronado por un montón de piedras al que, si deseamos adquirir méritos, debemos añadir una cada uno. En el centro del túmulo —que rebasamos por el lado izquierdo— , se halla clavado un haz de bambúes de los que ondean banderas andrajosas y trozos de papel, enviando oraciones al cielo. Hay también varios altares dispuestos en los riscos: cada uno consiste en una losa de piedra plana con ofrendas de comida, tales como rodajas de pera, nueces, arroz o tsamba.

Cruzando la cordillera y descendiendo desde la nieve y el hielo hacia el calor tropical del valle del Salween, encontramos los acantilados de piedra caliza bellamente tallados y esculpidos. En eras pasadas, la roca fue desgastada formando concavidades; y con una paciencia equiparable a la de los propios agentes geológicos, los devotos peregrinos han tallado largas oraciones e imágenes de Buda en el interior de estos huecos.

Hay también aquí un pequeño chorten, con hileras de grandes cilindros de oración encuadernados en cuero: cilindros de un metro y medio de altura sujetos a ejes de hierro, que contienen literalmente kilómetros de papel en los que está escrita la oración sagrada. Los peregrinos caminan a su alrededor en procesión, haciendo que cada uno gima y chirríe a su turno, adquiriendo así méritos; pues este giro de los molinillos de oración equivale a recitar la plegaria miles de veces. La repetición, vana o no, es el secreto del éxito religioso en Tíbet.

Un chorten en el camino de peregrinos en el valle del Mekong

 

Pronto llegamos a los manantiales termales, donde una mancha de verdor con árboles umbríos destaca en la garganta desnuda como una esmeralda en una montura de bronce. En este punto, el agua templada brota de la base del risco, formando un diminuto oasis en el valle de color caqui, y aquí los peregrinos se detienen y se revuelcan.

Tras cruzar otro paso elevado, alcanzamos el raudo y pequeño Wi-chu. Muros de roca colosales, rígidos y sombríos, se alzan a nuestro alrededor, culminando finalmente en los brillantes picos gemelos de otra montaña nevada que monta guardia sobre las terribles soledades. Entre estos laberintos serpentea el Wi-chu, vuelta tras vuelta; y desde el siguiente paso lo contemplamos tanto adelante como atrás, fluyendo en direcciones opuestas y brillando con un azul de hoja de Damasco.

Finalmente alcanzamos el monasterio de Pitu, un edificio grande y elegante, encalado, con un gran templo central cubierto por una pesada tela negra en su fachada. En los escalones que conducen a la entrada, y alrededor de un chorten cercano, holgazanean varios sacerdotes de aspecto disoluto y túnicas amarillas, que nos observan con desaprobación; pero los aldeanos nos dan la bienvenida.

Lamas fuera del templo

 

Al día siguiente asistimos a un oficio en el monasterio. Filas y filas de sacerdotes con hábitos amarillos se sientan con las piernas cruzadas en el suelo, y en un estrado elevado, flanqueado por altos prelados, se asienta esa figura pavorosa: un "Buda viviente" o sacerdote reencarnado. Rápidamente, en un silencio sepulcral, entona una plegaria monótona, mientras las pequeñas lámparas de mantequilla en el altar parpadean, apenas logrando penetrar en la penumbra del gran salón. Entonces la voz cesa, y de inmediato la respuesta es coreada por un centenar de gargantas guturales; y cuando estas también se hunden en el silencio, sobreviene un súbito estrépito de trompetas y caracolas, el redoble de los tambores y el choque de los címbalos.

Acto seguido, monjes silenciosos reparten tazas de té y panecillos: ha llegado el interludio para el refrigerio.

Juglares tibetanos

 

Al salir, somos atacados por un enorme mastín que ha sido soltado por algún monje bromista. Se produce una desbandada hacia la retaguardia; alguien le propina un bastonazo a la bestia en la cabeza y, antes de que el percance pase a mayores, se restablece el orden.

La noche nos encuentra de nuevo alrededor del fuego. Alguien saca una flauta de caña y toca una melodía triste en una tonalidad menor, mientras otro hace vibrar un peine de bambú, de forma muy similar a un "arpa de boca". En las horas de frío, baten el té con sal en los grandes cilindros de madera y empaquetan sus pertenencias.

Al acercarnos al último paso elevado, una gran cúpula de nieve centelleante asoma de repente su cabeza muy cerca de nosotros. Es lo más cerca que estaremos jamás de la Montaña Sagrada, y durante unos minutos la contemplamos extasiados. Incluso desde las profundas gargantas del Mekong y del Salween hemos divisado esa cumbre inmaculada, que raras veces ha permanecido completamente oculta durante nuestro periplo.

Descendiendo de nuevo hacia el Mekong debemos avanzar muy despacio, pues la nieve de las alturas, al derretirse bajo el brillante sol, se ha filtrado hacia el bosque inferior y, congelándose de nuevo, ha cubierto el sendero con una pátina de hielo. Alcanzamos el río y cruzamos por un puente de cuerdas. Esforzándonos en el ascenso una vez más, miramos atrás y vemos la boca del desfiladero bloqueada por los picos blancos: nuestra última visión de la Montaña Sagrada. Aquí se halla una aldea encantadora, con grandes casas de techo plano ocultas bajo frondosos árboles verdes y dispersas entre laderas cultivadas; aquí no existe el invierno, solo el otoño, y pronto esas pendientes lucirán un verde esmeralda y los perales estarán cargados de flores. Al continuar la escalada, nos hallamos de nuevo bajo el yugo del crudo invierno y pronto alcanzamos el último paso. Abajo, suavizada por la luz del atardecer, anida la aldea de la que partimos hace diez días.

Desde un tejado vecino llega el tintineo de cascabeles y el lamento de un violín tibetano —pelo de yak tensado sobre piel de serpiente—. Unos juglares ambulantes entretienen a la multitud. El hombre, que viste un delantal de cascabeles, danza mientras rasga el violín, mientras la mujer, vestida con una falda azul brillante y una chaqueta verde esmeralda, canta en un trémulo falsete. Dos niños, que completan la tropa, golpean címbalos y realizan extrañas cabriolas; de vez en cuando, el líder suelta viejos chascarrillos en voz alta, y la multitud estalla en carcajadas.

Justo más allá, un hechicero de ojos desorbitados y cabellera enmarañada, sentado con las piernas cruzadas en el suelo junto a un lecho de enfermo, agita una campanilla manual y masculla oraciones. Está expulsando a un demonio al más puro estilo del Antiguo Testamento.

Pero nuestros peregrinos se dirigen silenciosamente a sus hogares. Su peregrinación ha terminado; han adquirido gran mérito a lo largo del camino estrecho y difícil, y vivirán felices, según creen, durante un año más.


Notas: 

* Se refiere, en este caso, al Khawa Karpo, la gran montaña sagrada de Kham y uno de los neri más importantes de Tíbet.

** Frank Kingdon-Ward (1885-1958) fue un botánico, explorador y «cazador de plantas» británico que completó más de veinticinco expediciones al «país de las gargantas del sudeste de Tíbet» y al Himalaya oriental ampliado, y que viajó extensamente por la región durante casi cincuenta años. Además de recolectar numerosos ejemplares botánicos y zoológicos desconocidos hasta entonces en Occidente, recabó valiosos datos de interés etnográfico sobre las poblaciones de la zona (tibetanos locales y grupos etnolingüísticos tibeto-birmanos).

1 La pagoda Mahamuni o Arakan, en Mandalay, es uno de los lugares de peregrinación más importantes del budismo birmano. 

2 5.000 pies = 1.524 metros.

3 Los tibetanos conocen al Salween como Gyalmo Ngul chu, o también como Nak chu (el río negro) en su tramo más alto. En Yunnan se denomina actualmente Nu o Nujiang. Por otro lado, en las fuentes premodernas aparece con el antiguo nombre Lutze kiang (o Loutse kiang en las crónicas francófonas).

4 El Mekong se conoce en tibetano como Dza chu mientras que el nombre chino es Lacang o Lacangjiang.

6 Posiblemente se refiere aquí a Tali-fu (la actual Dali) y al lago Yeyuze (actual Erhai).

6 6.000 pies = 1.829 m.

7 Ta-jeu, ta-jen, ta-jin, ta-sie...: «Gran Señor» o «Su Excelencia»; título de respeto utilizado en la China imperial para dirigirse a altos funcionarios.

8 Tael: unidad de peso china que equivale a unos 40 gramos.

9 Lijiang: capital de la etnia Naxi en en noroeste de Yunnan.

10 Lijiang es la última ciudad importante de Yunnan antes de penetrar en el área tibetana de Gyalthang, en el extremo sur de Kham.

11 En el tiempo en que Kingdon-Ward escribió su crónica, el término moso englobaba tanto a los naxi como a los mosuo de hoy en día. Pero en este pasaje concreto se está refiriendo a los naxi de Lijiang.

12 El Yangtsé se conoce en tibetano como Dri chu. En Yunnan se le llama Jinsha o  Jinsha jiang.

13 Cientos de metros.

14 15.000 pies = 4.572 metros.

15 Posiblemente se refiere aquí a Atuntzu, conocida hoy por su nombre tibetano de Dechen.

16 12.000 pies = 3.600 metros.

17 Estos relicarios o cajas de oración portátil -denominados gau- son muy comunes entre los tibetanos, que los utilizan como amuletos de protección.

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Santiago Lazcano
email: khawachenbod [at] gmail.com

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